Parker, Geoffrey - Felipe II

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Parker, Geoffrey - Felipe II

Notapor JuanDeLezo » 19 Jun 2016, 23:15

Felipe II

Parker, Geoffrey
Título: Felipe II
Autor: Parker, Geoffrey
ISBN: 9788408094845
Año de publicación: 2010
Primera edición: 2010
Recomendado por: JuanDeLezo

En esta biografía, que ya quedará como la definitiva de Felipe II, Geoffrey Parker ha utilizado toda la documentación que ha estado recopilando desde los años 70 del siglo XX y, sobre todo, la que salió a la luz en 1998 con motivo del IV centenario de la muerte del rey para pintar un retrato exacto, íntimo del individuo que tuvo un papel primordial en la formación del mundo moderno. Su incapacidad para confi ar en alguien, su inflexibilidad, su negativa a llegar a un acuerdo con protestantes y musulmanes, sus obsesión con la religión, la magia, y las Artes, su apoyo a la Inquisición, y sus relaciones de familia aparecen aquí descritas con todo detalle.

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Re: Parker, Geoffrey - Felipe II

Notapor JuanDeLezo » 19 Jun 2016, 23:18

No sé yo, no sé yo qué tiene que decir un historiador inglés de Felipe. No es rey de mi devoción aqueste hombre por haber perdido la oportunidad histórica de hacer los españoles con los ingleses lo mismo que los rusos con los alemanes al final de la II Guerra Mundial. Pero el libro está muy recomendado por todo aquél que lo ha leído, y yo, obviamente, lo voy a devorar.

Dice el autor:



María José Rodríguez-Salgado, amiga y colega desde hace treinta y cinco años, escribió: «Confieso que he pasado más tiempo con Felipe II que con ningún otro hombre, y puede decirse que le he dedicado los mejores años de mi vida». Yo podría decir lo mismo. Empecé a investigar documentos para una biografía del rey en la década de 1960, tomando como fuente principal los memoriales ológrafos que intercambió con sus principales consejeros; estos documentos, que pertenecieron a la Colección Altamira, se encuentran ahora repartidos entre distintos archivos en Nueva York, Madrid, Ginebra y Londres. En 1984 Alianza Editorial publicó mi ensayo Felipe II, pero mi visión del rey ha cambiado bastante desde entonces. Para empezar, hay muchas fuentes nuevas o que se han podido consultar por primera vez, sobre todo miles de memoriales ológrafos pertenecientes al antiguo archivo de los condes de Altamira y hoy en la Biblioteca de Zabálburu, en Madrid, que no estuvieron a disposición de los investigadores hasta 1987 debido a una disputa testamentaria. Además, como Xavier Gil señaló sagazmente, cuando escribí Felipe II la Leyenda Negra aún seguía viva, especialmente en Holanda e Inglaterra, y quizá por eso fui más indulgente hacia la figura del rey, pero aunque otros la apreciaron más, yo me había vuelto «más exigente para con Felipe II». En 2010 publiqué, en Editorial Planeta, Felipe II. La biografía definitiva.
Sin duda, llamarla «definitiva» era tentar a la suerte: tan pronto como apareció el libro, encontré una valiosa fuente de información sobre el rey Felipe en los fondos de la Hispanic Society of America, en Nueva York: en torno a tres mil documentos, salidos del despacho del rey y sus secretarios privados Mateo Vázquez y Jerónimo Gassol, que una vez fueron parte de la Colección Altamira.
La incorporación de los nuevos documentos procedentes de la Hispanic Society marca una importante diferencia entre este volumen y La biografía definitiva. Otra es su extensión. El anterior trabajo aporta toda la documentación sobre los episodios más polémicos de la vida del rey, y los lectores interesados (o que no quedaron convencidos) encontrarán las pruebas allí. En este caso, he omitido los apéndices, incluido solo las notas que identifican las citas y condensado el texto a la mitad.
Los documentos de la Colección Altamira son únicos. Felipe II tramitaba por escrito todos los asuntos que podía, y sus mensajes para los ministros de mayor rango —a menudo escritos en los márgenes de los informes que le llegaban— abordaban informaciones, peticiones y problemas que arribaban a su mesa desde todas las partes del mundo. Él resolvía algunos asuntos en un solo documento; otros, en una serie de intercambios que se prolongaban varios días o que podían cerrarse en la misma jornada. A menudo, Felipe II caía en una verborrea que no solo revelaba los procesos mentales que subyacían a sus decisiones, sino que también mostraba detalles de su vida personal: cuándo y dónde comía y dormía; qué acababa de leer; qué árboles y flores quería que se plantasen en sus jardines (y dónde); cómo las afecciones que padecía en los ojos, las piernas o la muñeca, o un resfriado o un dolor de cabeza, habían retrasado su correspondencia. Muchos mensajes se ocuparon también de lo que sus ministros llamaban despectivamente «menudencias», es decir, decisiones que ellos consideraban innecesarias. Por ejemplo, un muchacho morisco afirmaba que podía detectar dónde había agua en el palacio de El Pardo, dónde necesitaban riego los jardines. Respuesta del rey: «Sí, pero solo tendrá una oportunidad». ¿Dónde han de colocar los constructores «las necesarias» en El Escorial? «Hagan estas necesarias de manera que no den olor a la pieza de los mozos de la cocina».
La afición del rey a estos asuntos triviales irritaba y, en algunas ocasiones, enfurecía a sus ministros, en parte porque el mismo documento en que se trataba de los zahoríes o de la situación de los retretes podía incluir una decisión vital para el destino de la monarquía: cómo convencer a don Juan de Austria para que se marchase a los Países Bajos y aceptara ser gobernador general; si firmar o no una tregua con el sultán otomano; cuándo y cómo invadir Inglaterra (por tomar tres ejemplos de un mismo año, 1576). En la mayoría de sus respuestas, el rey pasaba de los asuntos públicos a los personales sin previo aviso, según las diferentes ideas que le cruzaban por la mente. En consecuencia, sus desbordados ministros se veían obligados a leer cada palabra que escribía. Al igual que los historiadores.
Incluso con este valioso material personal, escribir la biografía del rey no es sencillo. Felipe se jactaría con posterioridad de que «Yo comencé a governar el año de 1543», pues en tal fecha, cuando tenía dieciséis años, lo nombró regente de Castilla y Aragón su padre, el emperador Carlos V. Entre 1554 y 1556 se convirtió sucesivamente en rey de Nápoles y de Inglaterra, soberano de los Países Bajos y monarca de España, de Sicilia y de las conquistas americanas de su predecesor. En 1565 los súbditos de Felipe II emprendieron la conquista de las Filipinas, así llamadas en su honor, y entre 1580 y 1583 agregó Portugal y todas sus posesiones de ultramar. Gobernó el primer imperio global de la historia hasta que murió en 1598, a la edad de setenta y un años.
La extensión de su monarquía, en combinación con la larga duración de su reinado, produjo un exceso de documentos y de datos. Como observó el distinguido académico Pascual de Gayangos a mediados del siglo XIX, mientras transcribía algunos de los cientos de miles de documentos escritos y leídos por el rey, «la historia de Felipe II es en cierto modo la historia del mundo». William Hickling Prescott, el historiador para quien Gayangos preparó los manuscritos, comenzó su estudio en tres volúmenes sobre el rey con una afirmación ligeramente más modesta: «La historia de Felipe II es la historia de Europa durante la segunda mitad del siglo XVI». Aunque Gayangos y otros recopilaron más de quince gruesos volúmenes de transcripciones para Prescott, estos solo constituyen una exigua fracción de la documentación conservada: en una ocasión, el rey dijo haber firmado cuatrocientas cartas en una sola mañana, y un embajador bien informado aseguró que algunos días pasaban hasta dos mil documentos por el escritorio real. «Filipizar» (como Prescott bautizó su tarea de biógrafo del rey) es trabajo para toda una vida.
Paradójicamente, el segundo obstáculo interpretativo al que se enfrentan los biógrafos de Felipe II parece contradecir al primero. Aunque un equipo de historiadores diligentes y minuciosos juntaran sus energías y lograsen consultar todos los documentos relevantes que se han conservado, muchas cuestiones continuarían siendo oscuras porque, por más que el rey pusiera por escrito más pensamientos y decisiones que prácticamente ningún hombre de Estado, por lo general instaba a sus ministros a seguir sus instrucciones «con secreto y disimulación» (una expresión habitual en su vocabulario) y, por ello, comunicaba muchas decisiones oralmente («de palabra y no por escrito»). También, en ocasiones, procuraba destruir todas las pruebas escritas con el fin de ocultar lo que había hecho. Por añadidura, como escribió el emperador Carlos V en sus célebres Instrucciones secretas para su hijo en 1543, algunas decisiones políticas «están tan oscuras y dudosas que no sé cómo dezyrlas ny qué os devo de aconsejar sobre ellas, porque están llenas de confusiones y contradiçiones, o por los negoçios o por la conçiençia». Al igual que su padre, Felipe tomó algunas decisiones que parecían tan «llenas de confusiones y contradiçiones» que ni siquiera se veía capaz de explicarlas a sus colaboradores más estrechos. Así, en 1571, el desbordado entusiasmo de Felipe por un plan totalmente descabellado para «matar o prender» a Isabel Tudor desconcertó a sus consejeros. «Estraña cosa es quán de veras Su Magestad está en lo de Ingalaterra», escribió el doctor Martín de Velasco, un pragmático letrado que había servido al rey durante más de veinte años, y se maravillaba de «quán poco le ha resfriado el aviso que la reyna tenga entendido» el plan. Por tanto, concluía Velasco, «va Su Magestad en este negocio con tanto calor que cierto parece bien cosa de Dios», y por eso todos debían dejar su escepticismo de lado y disponerse a «ayudar y promover tan santa determinacyón».
¿Cómo pueden los historiadores modernos comprender asuntos que parecían «impenetrables e inciertos» incluso para sus protagonistas? Un recurso obvio es el testimonio de los observadores contemporáneos de Felipe y su corte, pero aquí nos encontramos con otro obstáculo, memorablemente descrito por el filósofo francés Voltaire a mediados del siglo XVIII al tratar el caso del rey: «No se puede repetir demasiado que es necesario desconfiar del pincel de los contemporáneos, guiado casi siempre por la adulación o por el odio». Y de hecho, como observó Robert Watson (contemporáneo de Voltaire y primer biógrafo escocés del rey): «Jamás hubo personaje pintado por diferentes historiadores con colores más opuestos que Felipe». Hay, sin embargo, una excepción importante: los despachos de los embajadores, de una docena de Estados extranjeros, que residían en la corte de España. Cada uno de ellos dedicó su tiempo, su dinero y su energía a quitar el velo de «secreto y disimulación» tejido expresamente por el rey para ocultar a otros sus decisiones y sus planes. Las fuentes diplomáticas abarcan desde Ruy Gómez de Silva (el privado portugués de Felipe que compartía con regularidad secretos de Estado con su tío Francisco Pereira, el embajador portugués) al bufón enano francés de la reina Isabel (quien, como olvidó todo el mundo menos el embajador francés, la acompañaba constantemente y prestaba oídos a cualquier cosa que se decía). Los despachos diplomáticos basados en fuentes tan bien informadas proporcionan una perspectiva crucial sobre el proceso de toma de decisiones.
El último obstáculo para comprender a Felipe II es menos fácil de superar: su exaltada condición. Un atrevido fraile bromeó una vez ante el rey: «¡O, qué pocos reyes van al cielo, Señor!»; esta afirmación admiró a quienes la oyeron. Entonces el rey preguntó: «¿Por qué, padre?». A lo que este respondió: «¡Porque hay pocos!». También en el siglo XXI «hay pocos reyes», pero ¿cómo puede alguien de la plebe comprender lo que significa ser rey, en especial uno como Felipe, que pasó en guerra todo su reinado excepto seis meses, y a menudo luchando en varios frentes? El historiador militar Eliot Cohen subrayaba «las dificultades que tienen los escritores para ponerse en el lugar de un dirigente político en tiempo de guerra», ya sea rey o plebeyo, pues esos dirigentes soportan «múltiples responsabilidades y sufren tensiones» que han experimentado muy pocos autores. Cohen argumentaba que esta distinción constituye «el mayor obstáculo para un sólido juicio histórico sobre la calidad de un estadista en tiempo de guerra».
En su celebrada biografía Felipe de España, Henry Kamen no mostró tales reservas. En vez de ello, sostuvo que, a diferencia de todos los demás estadistas en tiempos de guerra, Felipe II había logrado evitar de algún modo estas «múltiples responsabilidades»:

En ningún momento tuvo Felipe un control efectivo de los acontecimientos ni de sus dominios; ni siquiera de su propio destino. De ahí que no se le pueda responsabilizar más que de una pequeña parte de lo que, a la postre, ocurrió durante su reinado... Era «prisionero en un destino en el que poco podía hacer». Lo que le quedaba era jugar las cartas que tenía en la mano.

Por mi parte, no puedo aceptar un determinismo tan extremo. Ciertamente algunos «acontecimientos», e incluso algunos «dominios», escaparon ocasionalmente al «control efectivo» de Felipe, del mismo modo que escapan periódicamente al «control efectivo» de todo estadista en tiempo de guerra. Sin embargo, Felipe pasó su vida tomando decisiones que le permitieran mantener o recuperar la iniciativa. En 1557 enviaba órdenes, escritas de su puño y letra, «a la una ora de medianoche»; en 1565 «[estoy] tan ocupado y tan alcanzado de sueño porque he menester lo más de las noches para ver papeles que otros negocios no me dexan de día y así comyenço a ver estos vuestros agora, que es pasada medianoche»; en 1575, «son las diez, y estoy hecho en pedazos y muerto de hambre»; y, en 1583, «todo ha sido leer y escribir con ser día de correo y otras muchas cosas que he tenido hoy que hacer, pero todo de esto; y así escribo ésta a más de las diez y harto cansado y no habiendo hecho colación».
Las decisiones tomadas por Felipe durante estos largos días de trabajo podían tener consecuencias trascendentales. En 1566 su negativa a prorrogar los mandatos concedidos por su padre cuarenta años antes a la población morisca de Granada, y en su lugar imponer la conformidad religiosa en ella, provocó una guerra civil que llevó a la muerte a no menos de noventa mil españoles, entre cristianos viejos y moriscos, y al reasentamiento forzoso de unos ochenta mil moriscos más. De modo parecido, la determinación del rey en 1571 de «matar o prender» a Isabel Tudor convirtió a la soberana en una enemiga implacable que, durante el resto de su reinado, ocasionó deliberadamente enormes daños y perjuicios tanto a los súbditos de Felipe como a la reputación de este. Todavía más costosa, la decisión del rey de reanudar la guerra en los Países Bajos en 1577 inició hostilidades que durarían treinta años y causarían la muerte de decenas de miles de hombres, mujeres y niños, aparte de costar cientos de millones de ducados. En estos y otros innumerables casos, seguramente «tuvo Felipe un control efectivo de los acontecimientos» así como «de su propio destino»: pudo haber tomado otras decisiones (prorrogar los mandatos, dejar tranquila a Isabel Tudor, conservar la paz recién firmada en los Países Bajos), pero no lo hizo.
En 1599 Antonio de Herrera y Tordesillas completó el borrador de la historia de los últimos tiempos encargada por Felipe II. En él señalaba que «todos los reyes del mundo, y en especial los de Castilla y de Aragón», habían utilizado un «sobrenombre» como «el Católico» o «el Sabio», por lo que facilitó al Consejo Real una lista de aquellos que él consideraba apropiados para el difunto rey: «el Bueno, el Prudente, el Honesto, el Justo, el Devoto, el Modesto, el Constante». También presentó una imagen heroica que ilustraba uno de estos epítetos [véase lámina 1]. El consejo los aprobó, y Herrera publicó su obra Historia general del mundo del tiempo del señor rey don Felipe II, el Prudente, dándole al rey el sobrenombre que desde entonces se ha hecho universal.
Aunque en este libro sostengo que Herrera se equivocó al elegir el epíteto regio, estoy de acuerdo con san Agustín en que «nemo nisi per amicitiam cognoscitur» (no se puede conocer a nadie sino por la amistad). Esto no significa que los biógrafos deban fiarse de sus protagonistas sin reserva; por el contrario, tenemos que estar preparados ante la posibilidad de que (vivos o muertos) nos lleven a errores, ya sea queriendo (por medio de la falsificación y de la destrucción de documentos comprometedores) o sin querer (a causa de nuestras propias limitaciones para comprender cómo eran las cosas entonces y olvidar futuros acontecimientos de los que ellos no pudieron saber). Con todo, el precepto de san Agustín exige a los biógrafos ofrecer a sus protagonistas la misma actitud abierta y buena disposición para escuchar que tendrían ante un amigo. Con tal espíritu, amable lector, voy a recurrir a las propias palabras del rey, tanto como sea posible, para revelar la vida del más famoso soberano de España, comenzando con su concepción en la Alhambra de Granada en septiembre de 1526 y terminando en septiembre de 1603, cinco años después de su muerte, cuando cerca del pueblo de Paracuellos de Jarama cinco testigos maravillados vieron ascender el alma del Rey Prudente desde el purgatorio al paraíso.
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Re: Parker, Geoffrey - Felipe II

Notapor Humungus » 20 Jun 2016, 21:06

Pues que tomamos nota de la recomendación. Gracias JuanDeLezo. :okperfect
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