Wagenstein, Angel - Trilogía judía 2 - Lejos de Toledo

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Wagenstein, Angel - Trilogía judía 2 - Lejos de Toledo

Notapor JuanDeLezo » 10 Mar 2017, 08:20

Lejos de Toledo

Wagenstein, Angel
Saga: Trilogía judía - 2
Título: Lejos de Toledo
Autor: Wagenstein, Angel
ISBN: 9788492663132
Año de publicación: 2010
Primera edición: 2002
Título original: Dalech ot Toledo
Colección: Libros del Asteroide, 61
Recomendado por: JuanDeLezo

A través de los ojos de Albert Cohen, búlgaro exiliado en Israel, Angel Wagenstein resucita el mundo de su infancia en Plóvdiv, una de las ciudades más bonitas y cosmopolitas de los Balcanes. Cohen regresa por unos días a Bulgaria para un congreso y el reencuentro con su ciudad natal y con sus gentes, a las que lleva años sin ver, le hace rememorar un mundo desaparecido. El recuerdo más intenso es el de su abuelo, el inolvidable Abraham el Borrachón -maestro hojalatero, fabulador genial y testigo del final de una época-, cuya figura le permitirá revivir algunos de los episodios más importantes de su infancia.
Sin embargo, su ensoñación se verá interrumpida por algunos ineludibles reclamos del presente: un oscuro intento de especulación inmobiliaria, el encuentro con un antiguo amor o el conflicto de Oriente Próximo.
Además de una magnífica novela, este nuevo libro de Angel Wagenstein -autor de El Pentateuco de Isaac y de Adiós, Shanghai- es un retrato sin concesiones de la Bulgaria contemporánea y un canto a su riquísimo pasado.

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Re: Wagenstein, Angel - Trilogía judía 2 - Lejos de Toledo

Notapor JuanDeLezo » 10 Mar 2017, 08:27



No es que quiera empezar con tópicos y verdades archisabidas, pero es un hecho incuestionable que el árbol empieza en las raíces y depende de ellas absolutamente. Con algunas maderas sólo se pueden hacer cayados o garrotes; otras sirven para fabricar objetos tan útiles como artesas, cunas o trípodes; y hay árboles cuya madera se transforma en flautas y hasta violines. En cierto modo, esto no ocurre sólo con los árboles, sino también con los hombres. Así que merece la pena reflexionar sobre el refrán que afirma que de tal palo, tal astilla.
En lo que concierne a mi abuela Mazal, yo la compararía con un árbol de raíces vigorosas y profundas, con el que sólo se elaboran cosas necesarias y útiles, mientras que con el árbol de mi abuelo Abraham, conocido como Abraham el Borrachón, sería difícil hacer algo especial. Como mucho, un barril donde guardar un buen vino añejo para dejarlo reposar.
Pues de eso va la cosa: de raíces.

La abuela de mi abuela Mazal tuvo, desde luego, su propia abuela. Aquélla, por su parte, tuvo la suya, y así sucesivamente. Por esta ley genética se formó una camarilla de abuelas, una tras otra a través de los años y los siglos, que empieza en Toledo, a orillas del Tajo, y atraviesa toda Europa hasta Plóvdiv, a orillas del Maritsa. Al principio, mis abuelas eran judías jóvenes y guapas, pero sin darse cuenta, a medida que en su vida irrumpía un bullicioso tropel de nietos y biznietos descalzos, se fueron convirtiendo en viejas judías, sin más.
Mi larga retahíla de abuelas comienza por una joven de pelo rizado color azabache y ojos anegados en lágrimas, oscuros y profundos como el primer sueño de la noche. Se aferra con ambas manos a la pesada argolla clavada en las puertas de la judería, el barrio judío fortificado, y, con silenciosa obstinación, se niega a soltarla. Pero la van a obligar, vaya si no, y lo hará su padre, el viejo herrero Yohanan ben David al-Maleh, del linaje de los Ibn Daúd, famosos durante el califato como artesanos fabricantes de candelabros y celosías para ventanas y balcones. Pues este Yohanan, honorable y estimado y miembro del consejo de ancianos judíos, acabará por subirla —con cierta brusquedad, hay que reconocerlo, pero no sin disimulada ternura paternal— a lomos de un burro. Y aunque el nombre del animal no se ha conservado en crónica alguna, nos molestaremos en precisar que él será quien perpetúe la raza de los burros andaluces en el otro confín del mundo.

Esto sucedía, como bien recordaréis, a finales de junio de 1492, después del edicto de Sus Majestades los Reyes Católicos Fernando II de Aragón e Isabel de Castilla, en virtud del cual todos los judíos que hubieran renunciado a adoptar la fe en Cristo deberían abandonar sus tierras sin demora, largándose al carajo o adonde más les conviniera.
Teniendo en cuenta que hasta tan decisivo y funesto día Tomás de Torquemada, mentor espiritual de la pareja real, Gran Inquisidor y piadoso dominico, ya había logrado quemar en la hoguera a ocho mil personas, en su mayor parte judíos, sin contar las brujas, los herejes, los secuaces de Satanás y los partidarios de Mahoma, es fácil comprender que el padre de aquella lejana abuela mía, el honorable y estimado Yohanan, optara por la prudente y juiciosa decisión de liar el petate, abandonar las tierras de los ancestros bendecidas por Dios y poner rumbo, con su prole y su servidumbre, a un futuro incierto.
Esos lugares que los judíos dejaron llevaban por entonces nombres tan variopintos como sonoros. Son los antiguos reinos cristianos de Castilla y León, Navarra, Cataluña, Aragón y Asturias y, antes de la Reconquista, es decir, antes de que el islam fuese expulsado definitivamente allende el mar, antiguo gran califato de Córdoba o emiratos de Sevilla y Granada. Una península al sur de los dominios de los francos y al norte de las tórridas costas africanas, a la que la Providencia había deparado la suerte de convertirse en cuna del Nuevo Mundo.
Las legiones romanas llamaban a esas tierras Hispania; los soberanos árabes y moros, Al-Ándalus, y los judíos, Sefarad. Pues allí, en esa Sefarad o Al-Ándalus o, si se prefiere, Hispania, en la mezcla vehemente, incestuosa y salvaje de sangres, etnias y religiones, en el rechazo y la atracción, en el odio y las dependencias mutuas entre visigodos, árabes y judíos, que habían dado origen a una gran nación, se cometió una cruel injusticia. Y el hecho de que a mi abuela primigenia la arrancaran a la fuerza de la argolla de las puertas de la judería toledana, por más cruel que pueda parecer desde el punto de vista de las ideas abstractas de justicia y humanidad, marcó el inicio de una nueva estirpe judía que, si bien desterrada, llevó dignamente a través de los siglos el nombre de su antigua patria: Sefarad. Por su parte, los judíos emigrados de aquellas lejanas tierras adoptaron el nombre de «sefardíes», que se podría traducir como «españoles».
La Sublime Puerta de Estambul, o Constantinopla, como la habían bautizado los bizantinos, esa ciudad de ciudades y otrora segunda Roma, autorizó a los que huían de la Inquisición a instalarse en las tierras del Imperio Otomano.
Fue una decisión juiciosa, porque aquellos retoños de la tribu de Israel, a quienes los fieles musulmanes llamaban yehuda o con el despectivo mote de çifut, trasladaron a esos lugares nuevos conocimientos y oficios desconocidos, además de su prole y lo que había quedado de sus pertenencias. Es de dominio público que entre ellos había reputados médicos, constructores, financieros, viticultores, poetas, filósofos y comerciantes, sin olvidar, ni mucho menos, a los hombres que, además de variedades desconocidas de frutales y cepas de vides, trasladaron al suelo balcánico el secreto de la fabricación del famoso acero toledano. Por no hablar del arte de la diplomacia, elegante y perfeccionado durante siglos, con que evitar las guerras, puesto que en ellas, como bien se sabe, los principales culpables —y a fin de cuentas las víctimas— siempre han resultado ser los judíos, se mire desde el bando que se mire.
Por tradición, los sefardíes fueron súbditos leales: así como antes habían sido leales al califa o al rey católico, lo eran ahora al sultán turco. En épocas posteriores, después de que el imperio se desintegrara, mostraron la misma fidelidad hacia los soberanos de los estados cristianos recién formados, pero para dejar constancia de su origen y por apego al recuerdo de su antigua patria española, siguieron conversando entre sí y cantando sus canciones en la lengua de Cervantes.
Esta lengua, pequeña balsa solitaria zarandeada por el turbulento océano idiomático turco, heleno y eslavo, sobrevivió hasta nuestros días, siglos después de aquella noche de junio de 1492, y si le preguntáis a mi abuela Mazal, os asegurará que ésta fue y seguirá siendo «la lingua de los padres».

Alguien podría objetar que eso de ponerse a husmear en los recuerdos es perder el tiempo tontamente, o incluso quedarse atascado en un punto sin dejar que la vida avance. Por esta razón considero indispensable contar la historia, cuando la ocasión sea propicia, de aquel burro andaluz del que he hablado al principio. Pues fue precisamente la suerte de un burro de noria, lo que le sirvió a mi abuelo Abraham el Borrachón para reconciliarme conmigo mismo y con la vida. Para que tomara conciencia de que todo es vanidad de vanidades, según piensa no sólo el Eclesiastés, sino también el mencionado burro.
Sí, todo es vanidad y perseguir al viento. Y si existe alguna razón por la que mereciera la pena que mis antepasados recorrieran quinientos años atrás el largo y agobiante camino desde Toledo hasta Plóvdiv, es el amor por una chica: Araxi Vartanian.
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La gratitud en silencio no sirve a nadie. A ver si participamos más.
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