Waltari, Mika - El Ángel sombrío

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Waltari, Mika - El Ángel sombrío

Notapor JuanDeLezo » 11 Mar 2017, 09:57

El Ángel sombrío

Waltari, Mika
Título: El Ángel sombrío
Autor: Waltari, Mika
ISBN: 9788401460159
Año de publicación: 1975
Primera edición: 1952
Título original: Johannes Angelos
Colección: Manantial, 15
Recomendado por: JuanDeLezo

Una de las mejores novelas históricas pensada para ofrecer al lector una panorámica de la historia de las civilizaciones, que combina realidad y ficción a través de las páginas que escribieron algunos de los mejores escritores de los últimos tiempos.
A principios de 1453, se inicia el asedio de la ciudad de Constantinopla por parte de las tropas turcas. Atrapada entre dos mundos, frontera entre Oriente y Occidente, la ciudad se debate por encontrar su propia Historia, ante un Destino que avanza inexorable.
12 de diciembre de 1452, Giovanni Angelos, de cuarenta años, quien 'había conocido mucho y vivido varias vidas', es testigo excepcional de la firma del tratado por el que se cumple un viejo sueño acariciado durante siglos: la unión de la Iglesia occidental y la oriental, el acatamiento de la Iglesia ortodoxa al Papa. Pero ese tratado no es sino una maniobra más del Emperador por intentar conseguir refuerzos con los que defender la ciudad de Constantinopla, frontera entre dos mundos. Escrita en forma de memorias, la novela recrea los cinco meses de asedio que sufrió Constantinopla antes de ser conquistada por las tropas turcas. Demostrando un excepcional nivel de dramatismo narrativo, Mika Waltari ha conseguido escribir un texto que cumple sobradamente los objetivos de una novela histórica pero, también, los de toda gran novela escrita con pasión.
El ángel sombrío es el desesperado testimonio de un tiempo de crisis, de miedo, de anhelos, de traiciones, pactos y alianzas que superan y devoran cruelmente a aquellos que los diseñaron, y que acaban estallando en una terrible batalla, en el asalto final, orgía de sangre, fuego y destrucción, como una derrota más ante el Destino.

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Re: Waltari, Mika - El Ángel sombrío

Notapor JuanDeLezo » 11 Mar 2017, 10:00

Jamás de los jamases perdonaré a Europa el haber permitido que los turcos asentaran sus reales en nuestro suelo. Ésta vieja y podrida prostituta de Europa tuvo su última oportunidad de haberlos expulsado de Bizancio o Constantinopla tras la Primera Guerra Mundial. ¿Estambul? ¡No!: Bizancio o Constantinopla.

La gran novela del Sitio de Constantinopla

Jacinto Antón


«Cuando todas las riberas del Danubio vomitaban batallas, cuando la ingente Mesia era oprimida por los carros de los getas, y rubios ejércitos cubrían las llanuras de Bistonia, con todo sacudido y tambaleándose por el golpe próximo a derrumbarse». Estas palabras apocalípticas las escribió el poeta Claudio Claudiano en el año 398, doce años antes de que el visigodo Alarico tomara Roma. Mil años después, Constantinopla, reina de ciudades, la segunda, la última Roma, la gran urbe que recogió la herencia del Imperio, vivía un clima de terror y desastre similar. Los belicosos turcos otomanos, salidos de un pequeño reino en el noroeste de Asia Menor tras el estandarte de colas de caballo de Osmán —fundador de la dinastía—, habían ido devorando inexorablemente los restos del eclipsado Imperio bizantino y de paso un buen bocado de Europa. El 3 de abril de 1453, el inmenso ejército reunido por el joven Sultán Mohamed II, puso sitio a Constantinopla, denominada codiciosamente por los turcos kizil elma, «la manzana roja». Un asedio espantoso: los tambores de los jenízaros —las tropas de élite otomanas— redoblaban con furor anunciando una nueva carga despiadada mientras las murallas de la ciudad se estremecían con los impactos de los cañones más colosales jamás construidos. Tras las murallas, aguardaba el desastre una población diezmada y desesperada —apenas 5000 hombres para la defensa; toda la Cristiandad había hecho oídos sordos a las llamadas de auxilio—, espectros de lo que otrora fuera una ciudadanía elegante, cultivada y orgullosa. El horror estaba asegurado: eran tiempos de crueldad, y los turcos habían hecho de ella un arma política (la historia retendrá algunos actos especialmente atroces, como el pausado desollamiento del senador veneciano Marcantonio Bragadino tras la caída de Famagusta, en 1571: Bragadino, dicen las crónicas, murió antes de que le hubieran arrancado toda la piel, cuando el cuchillo del verdugo turco llegaba «a la altura del ombligo»). El 29 de mayo de 1453, al alba, se produjo el asalto final. Los turcos entraron en Constantinopla por las brechas abiertas en las murallas. Al llegar la noche, al resplandor de los incendios, los hombres del Sultán buscaban el cadáver del último Emperador, Constantino XI Paleólogo, caído en combate como un soldado más, sin insignias de su rango, en la puerta de San Romano. Mientras, los derviches que habían inflamado la fe de los guerreros turcos danzaban en Hagia Sofía, entregada al Islam. Tras 22 siglos, se detiene el cansado corazón de la antigüedad.
Éste es el fascinante escenario histórico en que se mueve El ángel sombrío (1952), de Mika Waltari, una novela tensa, dura, desesperada, teñida de un fiero, vehemente romanticismo crepuscular («El viento del Mármara se ceba en los matorros. ¡Indecible y lúgubre, triste soledad!», anota en su diario el protagonista) e impecablemente documentada.
Desgraciadamente, el finés Waltari (Helsinki, 1908-1979) será siempre, por encima de todo, el autor de Sinuhé el egipcio, y ése es el primer obstáculo que tienen que vencer sus otras novelas; viven en la sombra de esa obra inmensamente célebre, mítica, y deben someterse forzosamente a la comparación.
El propio éxito popular de Sinuhé el egipcio —sin duda el gran best-seller de la novela histórica— ha conllevado, paradójicamente, cierto desprestigio para la misma novela y, de rebote, para toda la creación posterior de Mika Waltari (El ángel sombrío, El etrusco, El romano), en la que se quiso ver un intento comercial de explotar el filón abierto con el relato de Sinuhé. Consciente o inconscientemente, pues, el lector entra a menudo en El ángel sombrío pleno de injustas suspicacias y reservas.
Como no es posible soslayar las relaciones entre ambas novelas, vamos a hablar directamente de ellas: El ángel sombrío es, como Sinuhé el egipcio, un relato centrado en un protagonista que revisa, desde la distancia, retrospectivamente, su vida. Un período extenso en el caso del egipcio, más corto (el medio año anterior a la caída de Constantinopla) en la narración del griego Giovanni Angelos. Ambos personajes pecan de una excesiva capacidad de juicio —y decisión— sobre las épocas y circunstancias históricas en que viven (algo en lo que incurren la mayoría de las novelas del género). Historias de amor trágicas y violentas, contactos directos con el poder de su tiempo, implicación decisiva en los asuntos de Estado y participación en hechos históricos fundamentales (batallas, conspiraciones), son otros paralelismos entre las peripecias vitales de Sinuhé y Giovanni Angelos. El carácter, desilusionado, amargo, definitivamente escéptico de los dos personajes también los hermana, al igual que la presencia constante, junto a ellos, de un viejo criado, contrapunto terrestre, matérico, de dos seres volcados en el mundo de las ideas, el espíritu y la alta política.
El ángel sombrío se presenta como diario de «Giovanni Angelos durante el sitio de Constantinopla» y está estructurado como acotaciones más o menos diarias desde finales del año 1452 hasta la fatídica fecha del 29 de mayo de 1453, con una última anotación el día siguiente de consumarse el drama de la caída de la ciudad, y un epílogo (escrito por una mano distinta). La agonía de la gente, la ciudad y la época queda reflejada en las páginas de Giovanni Angelos (vagabundo, aventurero, antiguo hombre de confianza del mismísimo Sultán, bravo soldado adiestrado en las técnicas místicas de los derviches), pero también se desarrolla una intriga personal, se dibuja un misterio que, finalmente, atañe a toda Constantinopla y a su destino.
El planteamiento y la forma en que se van presentando los acontecimientos recuerdan en cierta medida algunas obras de Shakespeare (el ciclo sobre los reyes de Inglaterra): por la manera de esencializar, personalizándolas, las corrientes de la historia, de convertir mecanismos avasalladores en confrontaciones directas surgidas de la voluntad y las pasiones de los hombres.
Ciertamente, la escenografía es totalmente shakesperiana: una ciudad asediada en la que todo, diríase, ocurre de noche (es la tiniebla del fin de la historia, de la caída, del horror al abismo de la vacuidad y el silencio, algo más espantoso que las cimitarras turcas; es el polvo de las murallas que se abaten, y que nubla el pálido sol, contagiado también él de desgracia y decadencia). Un puñado de personajes conscientes de su papel en el gran drama actúan sobre un fondo de masas corales (ejércitos, flotas, procesiones) que se mueve a su vez ante un horizonte perpetuamente incendiado. Un reparto de soldados, reyes, emisarios, conspiradores, traidores, espectros —¿no es el propio Giovanni Angelos un fantasma?—, asesinos, criados...
Las imágenes del relato quedan impresas en el lector como aguafuertes expresionistas (la cabeza del Emperador Constantino expuesta entre los cascos del caballo de la estatua ecuestre imperial, mirando hacia abajo con los ojos desorbitados y ya pútridos; los verdugos turcos decapitando la larga fila de nobles bizantinos mientras el suelo polvoriento se va empapando de sangre; el ejército del Sultán inclinándose para rezar en dirección a la Meca, como una gigantesca alfombra humana que cubre la tierra hasta el horizonte). Pero la esencialización del drama no significa ausencia de detalles. Waltari hace visible como nunca la Constantinopla asediada: las grandes puertas tapiadas de la ciudad, las reliquias expuestas públicamente (el fragmento, en la iglesia de los Santos Apóstoles, de la columna a la que fue atado Jesucristo para ser flagelado por los soldados romanos), las ruinas del hipódromo, las columnas de mármol amarillentas y las fuentes secas, la poderosa cúpula de Santa Sofía recortada sobre el cielo plúmbeo...
El horrible espectáculo de la guerra es descrito con un realismo estremecedor: «El aire olía a sangre y excrementos» [...] «Los perros lamían la sangre y roían los cuerpos» [...] «Los cadáveres desnudos y mutilados atravesados por estacas, infestados de enjambres de moscas» [...] «Parecía como si se caminase por un cementerio entre tumbas recién abiertas».
Los apuntes sobre poliorcética y técnica militar en general (una de las piedras de toque del género de la novela histórica) revelan un profundo estudio, digno de un Martín de Riquer: en un episodio, se menciona que la armadura completa de caballero «tiene tales cerrojos ocultos y su acero es tan duro, que es imposible herir a su portador aun cuando haya sido derribado de su caballo y yazga indefenso en el suelo. En (la batalla dé) Varna, ni con la ayuda de martillos podían los turcos abrir las armaduras de algunos caballeros». En otro momento, el protagonista escribe que cuando hay que escoger entre un mosquete de mano y una ballesta, sólo un hombre entre cincuenta escoge el primero, pues la ballesta es a la vez más segura y de fiar.
El conflicto en El ángel sombrío se instaura en varios frentes. Constantinopla contra los turcos, pero también contra la cristiandad (Waltari describe con precisión las tensiones político-religiosas entre los griegos ortodoxos y el occidente latino, simbolizadas en el célebre grito griego, «¡antes el turbante que la unión!»). El Emperador Constantino XI (débil, apóstata, solitario), el último retoño de una dinastía marchita, el postrero porfirogénito (nacido en la púrpura), frente al arrogante, vanidoso y cruel Sultán Mohamed II, que se tiene por un nuevo Alejandro y quiere eclipsar la memoria de sus predecesores (para probar su firmeza ante los siempre revoltosos jenízaros hace llevar ante ellos la más bella esclava de su harén: «¡Miradla y decidme si no es digna del amor de vuestro Sultán!», les grita; se hace traer su espada y decapita a la joven de un solo golpe: «¡Mi espada puede segar hasta los lazos del amor, confiad en mi espada!»). El mercenario genovés Giovanni Giustiniani —en la novela retratado como un Falstaff, aunque con verdadero talento militar, y valor— y sus setecientos voluntarios, frente a los 12000 jenízaros de Mohamed II. El científico Johann Grant, ávido de conocimientos, contra el cañonero Orban y los minadores turcos que, como topos, tratan de penetrar en la ciudad mediante sus túneles subterráneos. El megaduque Notaras, en fin, el traidor (busca un pacto con los turcos), frente al protagonista, Giovanni Angelos, el ángel oscuro, el hombre que ha viajado a Constantinopla para, fiel a una visión, encontrarse con su destino en la puerta de San Romano; pero que ha venido, también, ángel de la muerte, a anunciar el final de la ciudad y del tiempo.


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