Le May, Alan - Frontera 4 - Centauros del desierto

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Le May, Alan - Frontera 4 - Centauros del desierto

Notapor JuanDeLezo » 19 Feb 2017, 09:27

Centauros del desierto

Le May, Alan
Saga: Frontera - 4
Título: Centauros del desierto
Autor: Le May, Alan
ISBN: 9788477027447
Año de publicación: 2013
Primera edición: 1954
Título original: The searchers
Colección: Frontera, 4
Recomendado por: JuanDeLezo

Novela magistral en que se basó la mítica película Centauros del desierto (The Searchers, 1956), dirigida por John Ford y protagonizada por John Wayne.
La trama de esta novela es sobradamente conocida: dos colonos blancos se imponen la incierta tarea de rescatar a un par de niñas raptadas por una partida comanche en una de las muchas incursiones que sus guerreros hacían en el territorio de Texas, ya incorporado a los Estados Unidos. Para Amos y Martin, protagonistas de Centauros del desierto, la búsqueda se convierte en un fin en sí mismo, en algo que monopoliza sus vidas. Persiguen a los comanches casi más allá de toda esperanza lógica, porque, en opinión de Amos, un indio cuando huye 'después de un tiempo piensa que debe desistir, y comienza a aflojar. Por lo visto, no concibe que exista una criatura que persista en una persecución hasta el final'. Además de un impecable western realista de aventuras, Centauros del desierto es una excelente recreación de los años finales de la lucha fronteriza contra comanches y kiowas, narrada con esa precisión e intensidad en los detalles que caracterizan las historias de Alan Le May.
Sólo resta decir que la novela es más cruda, extensa y seria que la película de John Ford. Un motivo más para disfrutarla.

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Re: Le May, Alan - Frontera 4 - Centauros del desierto

Notapor JuanDeLezo » 19 Feb 2017, 09:29

Puesto que mantenemos que la literatura western no es la «hermana menor» del western cinematográfico, ahora que nos proponemos publicar la obra maestra de Alan Le May, parece el momento adecuado para que al fin pudiera «lucir» el título de Los buscadores, lo que sería traducción directa del The Searchers, su título original. Pero no, no lo hemos hecho así. Y la novela de Alan Le May aparece en esta colección FRONTERA con el título de su celebrada adaptación cinematográfica: Centauros del desierto. Lo primordial de esta edición no es «romper una lanza» en reivindicación de nada, sino poner a disposición de los lectores, de la manera más adecuada posible, una de las mejores novelas que el western ha dado. Y esa mejor manera posible es también que el lector pueda identificar perfectamente lo que ha elegido leer. Sí, el libro que tiene usted en las manos es la novela de Alan Le May, publicada en 1954, que dará origen a la película Centauros del desierto, filmada en 1956 por John Ford. Para algunos, para no pocos, el mejor western de todos los tiempos y uno de los grandes films de la historia del cine. Una segunda razón para utilizar Centauros del desierto como título en castellano de The Searchers es que, para un lector y espectador anglosajón, la novela y la película siempre han tenido el mismo título: The Searchers, y parecía oportuno que al verter al español la novela se siguiera manteniendo esa coincidencia en el título que tienen película y novela en su lengua original. Puesto que llevamos cerca de sesenta años hablando de Centauros del desierto, no parece tener demasiado sentido andar removiendo ahora algo que ha cuajado tan sólidamente.
Y en el cine, tres cuartos de lo mismo... De hecho, no hace muchos años se estrenó un soberbio western de parecido argumento: Desapariciones (2003) de Ron Howard. Ahora bien, aunque el tema no es novedoso, esta expedición de rescate tras la partida comanche que se lleva a Lucy y Debbie sí es especial... o, como poco, acaba convirtiéndose en algo especial. Y ahora conviene tener cuidado al explicarse, porque si no, se acaba citando el Moby Dick y todo se vuelve un tanto... «trascendente». Se suele acabar citando Moby Dick y a Melville, o incluso la búsqueda del Santo Grial, cuando la consecución de un objetivo se vuelve tan intensa, tan fuera de razón, que acaba convirtiéndose en algo metafísico. Aquí no nos vamos a poner tan serios, pero ciertamente el rescate de Lucy, y sobre todo el de Debbie, va prolongándose y creciendo en el tiempo y dominando la vida de Amos Edwards y Martin Pauley de tal manera que la búsqueda termina siendo un fin en sí mismo, algo que monopoliza de tal modo sus vidas que ambos se convierten, más en «buscadores» que en «personas que buscan». Amos y Martin persiguen a los comanches casi más allá de toda esperanza lógica. Hay un momento en que, ante la pregunta de si tiene significado proseguir con la persecución, Amos responde que sí, que aspira a alcanzarlos porque: «Un indio persigue algo hasta que piensa que ya lo ha perseguido lo suficiente. Luego lo deja estar. Y lo mismo ocurre cuando huye. Después de un tiempo piensa que debe desistir, y comienza a aflojar. Por lo visto, no concibe que exista una criatura que persista en una persecución hasta el final».
Esa decisión de proseguir a toda costa, quizá ya perdidos los objetivos iniciales del rescate, movidos ahora cada uno por sus propias razones, va desgajando a Amos y a Martin, incluso de la peculiar «normalidad» que pudiera tener la vida de los colonos en la zona disputada a los comanches en Texas. La evolución personal de Martin Pauley, el reflejo de las complejas relaciones entre pieles rojas, anglosajones e hispanos que se da en esa frontera, donde todos «mal que bien» conviven, a pesar de tener valores culturales muy distintos, es, no sólo uno de los logros importantes de Le May en Centauros del desierto, sino una de sus preocupaciones básicas como novelista. Su otro gran éxito literario, Los que no perdonan (1957), también llevada posteriormente al cine en 1960, en esta ocasión por John Huston, retoma el asunto de Centauros del desierto, aunque esta vez desde el punto de vista contrario. Ahora se trata de una chica de origen kiowa, criada entre blancos, a la que intentan recuperar miembros de su tribu. El escenario vuelve a ser Texas, y todo ocurre en la misma década de 1870 en la que tiene lugar la acción de Centauros del desierto... y los kiowas son los aliados sempiternos de los comanches, sus confederados... Le May vuelve sobre el tema de la asimilación e interrelación entre pieles rojas y blancos, a la búsqueda del punto de vista equidistante y complementario al de su anterior incursión novelesca en la materia.
Algo que suele pasar desapercibido a los lectores y espectadores de western, quizá convencidos a base de sesudos análisis artísticos sobre los aspectos míticos de este género de que todo en el western es convención, es que este género tan «mítico» refleja un momento histórico concreto. Se lee o contempla de forma diferente un western si se le pueden poner fechas aproximadas a la Batalla de Little Big Horn (1876), al tiroteo en el O.K. Corral (1881),o a la toma del Fuerte Ticonderoga (1775), y también se comprende mejor si uno es consciente de la diferencia entre shoshones, kiowas, apaches, comanches, onondagas o seminolas... En resumen: un buen western ha de estar, y suele estar, bien ambientado históricamente. Cuando en un film o, como en este caso, en la novela que nos ocupa se menciona la «matanza de Fetterman» (1866) o el asedio de «Adobe Walls» (1874), el comentario hace referencia a hechos reales, a acontecimientos significativos de la historia de la Frontera estadounidense. Y en ese aspecto, Centauros del desierto, en cuanto a su reflejo de la vida y conflictos bélicos de la frontera texana en aquellos años mil ochocientos setenta y tantos, es concienzudamente exacta. Hace un par de años apareció en el mercado español un ensayo —erudito hasta la exasperación***— de más de 700 páginas titulado El imperio comanche, del historiador e investigador finés Pekka Hämäläinen, profesor asociado de Historia en la Universidad de California, una especie de «Todo lo que usted quería saber sobre los comanches y no sabía a quién preguntar». Resulta revelador comprobar que la novela de Le May, publicada más de sesenta años antes del docto ensayo de Hämäläinen, se ve refrendada en lo fundamental, en cuanto al análisis de la situación y costumbres de comanches y texanos, por la obra de este erudito finés. Tanto nombres de jefes concretos como divisiones tribales, costumbres... incluso las proporciones de población en la ranchería de Jefe Cicatriz, resultan creíbles en cuanto a número de combatientes, mujeres, ancianos y niños, o a las dimensiones de la manada de caballos en posesión de la tribu. Hay algunas diferencias de matiz —Hämäläinen describe una sociedad comanche con bastantes más cautivos y esclavos— pero, en general, la evocación histórica de Le May es de una corrección más que destacable.
Pero ¿quiénes eran los comanches, los verdaderos coprotagonistas de Centauros del desierto?
Siguiendo en buena parte a Hämäläinen, habría que decir que en principio son una rama del grupo lingüístico uto-azteca que viene desplazándose lentamente desde esa mítica zona conocida como Aztlán que las tradiciones del imperio azteca —sus parientes de México— situaban vagamente hacia un lejano norte de Tenochtitlan, y que algunos investigadores contemporáneos localizan en una indeterminada zona de la Gran Cuenca. Mientras una parte de ellos continuaban hacia el sur para acabar dando forma al imperio azteca que encontraron los españoles, otra porción de esas gentes se asentó en los límites de las grandes llanuras norteamericanas. Son, o más bien serán, los shoshones, aquellos con los que se encontrará algunos siglos más tarde y bastante más al Norte la expedición de Lewis y Clark, o el pintor y viajero George Catlin, hacia 1830. Parte de estos shoshones se fueron infiltrando hacia el sur y, desgajados de su tronco central y con el nombre de comanches, entran en contacto con las posesiones españolas de Norteamérica allá por el 1700. Los habitantes de Pecos informan en 1706 a la Corona española de la existencia de estas belicosas gentes. A los comanches se debe en buena parte la cultura de los cazadores a caballo de las llanuras norteamericanas. Debido a su contacto con las colonias españolas de Texas y Nueva España, y las grandes planicies herbáceas que controlaban, se convirtieron en los mayores poseedores y criadores de caballos de toda la pradera. Los comanches prácticamente proveían a las demás tribus de los caballos que estas necesitaban para desarrollar esa cultura de tipi, nomadismo, caza del búfalo y actividad guerrera que adoptaron cheyennes, lakotas y el resto de tribus de la pradera. La novedosa tesis de Hämäläinen es considerar que los comanches fueron un poder imperial que explotó e hizo gravitar en torno a sus extensos dominios —la Comanchería— a las colonias españolas de Texas y Nuevo México, a los franceses de Louisiana y, más tarde y durante un tiempo, a la entonces recientemente independizada República de Texas. Vinculó y absorbió, o sometió a vasallaje, a otras tribus con las que chocó en su expansión, y hasta bien entrado el siglo XIX fue la potencia hegemónica en la zona. Capaz de poner en pie de guerra en su momento de mayor esplendor (la segunda mitad del XVIII) a 10.000 jinetes, controlaba las rutas de comercio del suroeste, distribuyendo por ellas caballos y cautivos, y expoliando los asentamientos blancos de la zona con propósitos deliberados de explotación comercial. A veces firmaban acuerdos de alianza con las autoridades españolas contra los apaches o los franceses, y en otras ocasiones se mostraban en guerra abierta con ellos, pero siempre comerciando y amenazando con su gran poder militar para obtener regalos y tributo de las autoridades coloniales. Los jóvenes guerreros se veían obligados a estar permanentemente en campaña, pues la comanche era una sociedad tremendamente competitiva y el ascenso social se conseguía por medio del ejercicio de la actividad bélica. Extendiendo siempre su actuación a nuevos territorios, guerreando siempre contra apaches, pawnees, creeks y otros pueblos de su periferia, aliándose o chocando con utes, tonkawas y wichitas, y siempre en eterna alianza con los kiowas, los comanches no tenían una estructura centralizada de poder, sino caudillajes en torno a líderes de prestigio y grandes reuniones tribales donde se tomaban decisiones que incumbían a muchas rancherías independientes. Divididos originalmente en tres grandes grupos: kotsetakas, yamparikas y jupes, con el tiempo fueron apareciendo otras subdivisiones o grupos nuevos como tenewas, nokonis, kwahadas y penatekas, aunque nunca dejaron de compartir una fuerte identidad cultural y una conciencia común de ser todos ellos «numunu», o sea, comanches.
Su declive demográfico y guerrero tiene lugar tras la intensa sequía que entre 1845 y 1860 azota a toda la Comanchería, un extenso territorio de decenas de miles de kilómetros cuadrados incrustado entre las posesiones, antes españolas y ahora mexicanas y texanas, de Nuevo México y Texas. Los búfalos desaparecían, las tribus no podían apacentar sus inmensas manadas de caballos. Al mismo tiempo, la política expansiva del recién surgido Estado de Texas iba arrebatando a los comanches territorios y recursos. Esta decadencia restringió sus dominios y población de una forma dramática. Sin embargo, la Guerra de Secesión y el alineamiento de Texas con el bando de los perdedores, así como la desmovilización de sus Rangers junto con una política de tolerancia de la nueva administración norteamericana, hace que los comanches se recuperen y vuelvan a embarcarse en una actividad expansiva de asaltos y razias por Texas y el norte de México. Hacia 1870 la política de apaciguamiento a cargo del Agente Indio Lawrie Tatum, cuáquero radicalmente pacifista, va dejando paso a la intervención del ejército yanki en campañas de represalia y sometimiento de las tribus, hostigándolas incluso en el interior de la Comanchería. Los Rangers texanos se suman a estas campañas del ejército... y esta es más o menos la situación y el momento en que se ambienta la novela de Le May. El telón de fondo que enmarca el peregrinar de Martin y Amos está repleto de acontecimientos y personajes que permitirían reconstruir la secuencia temporal de sus aventuras: el incidente narrado en la página 188 en el que interviene el general Sherman, y que culmina con las detenciones de Satanta, Satank y Gran Árbol, tiene lugar en mayo de 1871; el asalto contra Adobe Walls que se refiere en la página 245 tuvo lugar en 1874... y otros muchos materiales narrativos utilizados por Le May, como la existencia de la fraternidad guerrera comanche de «los Lobos», o la manera de actuar de los comancheros, se atienen, como ya se apuntó antes, a lo que se conoce sobre el periodo.
Además de un impecable western realista de aventuras, Centauros del desierto es un excelente fresco histórico de los años finales de la lucha fronteriza contra comanches y kiowas. Fueron ese par de décadas, las de 1860 y 1870, las que vieron la recuperación parcial del poderío comanche y el consiguiente recrudecimiento de sus acciones de guerra; pero se trató de un último fulgor, preludio de su derrota a manos del ejército norteamericano y los Rangers texanos. No viene al caso establecer ahora una comparación entre la novela de Le May y la película de Ford. Se trata de una excelente novela así como de un excelente film. Tan sólo comentar a los lectores que todo lo que les ha gustado del Centauros de John Ford lo encontrarán en la novela de Le May. La película se reconoce en el libro. Pero también puede señalarse que la novela Centauros del desierto, de Alan Le May, es más cruda, más extensa, más amplia, más seria y dura más que la película de John Ford. Disfrútenla.

ALFREDO LARA LÓPEZ


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(***) Si es erudito es erudito. No se puede ser erudito hasta la simplificación. Faltaría más. El libro lo tenemos publicado para quien guste de erudición aquí:
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