Himes, Chester B. - Sepulturero Jones y Ataúd Johnson 5 - Todos muertos

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Himes, Chester B. - Sepulturero Jones y Ataúd Johnson 5 - Todos muertos

Notapor JuanDeLezo » 21 Nov 2016, 08:38

(AUDIO)


Saga: Sepulturero Jones y Ataúd Johnson - 5
Título: Todos muertos
Autor: Himes, Chester B.
UUID: e469ecf4-46dd-4ab2-b9a4-2bc51548bee4
Año de publicación: 1977
Primera edición: 1960
Título original: All shot up
Tamaño: 32961Kb.
Recomendado por: JuanDeLezo
En el original 'All shot up', título de doble sentido, puesto que además de significar este 'Todos muertos', fonéticamente suena igual que 'All shut up', 'Todos callados' o 'Todos mudos'. En este caso, un joven en una noche gélida de Harlem está dedicado a su especialidad habitual: robar neumáticos. Entonces tiene lugar una visión que le hace considerar si está sobrio o no: un Cadillac de oro; y en el asiento delantero, el conductor con un gorro de piel de mapache al estilo Davy Crockett; a su lado la reina de la belleza de África (su fiel novia Sassafras) y al lado de ésta un hombre con sombrero homburg y un pañuelo blanco al cuello, que recordaba un prestidigitador. Ante el Cadillac surge una vieja, que es embestida por el coche y tirada al suelo. El Cadillac aumenta su velocidad y desaparece. La mujer, al cabo de un rato, se incorpora, riendo. Y entonces aparece un coche grande, negro, con los faros apagados y en su asiento delantero, destacándose, las siluetas de tres policías uniformados. Ese auto embiste de lleno a la vieja y prosigue su marcha sin detenerse.



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Re: Himes, Chester B. - Sepulturero Jones y Ataúd Johnson 5 - Todos muertos

Notapor JuanDeLezo » 21 Nov 2016, 08:42

El coche se acercó y pasó; la velocidad de la marcha no era ni excesiva ni lenta.
Los ojos del individuo relampaguearon entre la sombra. Sabía que estaba sobrio. No había bebido ni un solo whisky ni había fumado un solo cigarro. Pero no pudo creer lo que veía. Era un espejismo, aunque aquello no era el desierto y él no estaba muriendo de sed. En realidad estaba tan frío como para que se le helaran las tripas y lo único que quería beber era ron caliente con limón.
Había visto pasar un Cadillac, distinto de todos cuantos hubiese visto en su vida. Y su negocio eran los coches.
Ese Cadillac parecía hecho de oro sólido. Todo, excepto el techo que estaba fabricado con algún material delicado y brillante. Por su tamaño enorme parecía capaz de cruzar el océano, en el caso de que pudiese flotar. Había iluminado la calle negra como una hoguera en movimiento.
Observó la licencia, del enorme coche dorado, para tranquilizarse a sí mismo. Y sintió un momentáneo alivio: la licencia correspondía a una agencia, de modo que podía tratarse de algún tipo de publicidad.
De pronto una mujer surgió de la nada. Tuvo el tiempo justo para ver que era una mujer vieja, vestida de negro, con el blanco cabello relumbrante como plata bajo la luz de los focos del Cadillac dorado, antes de que el coche la embistiese y la tirara al suelo.
Sintió que el cuero cabelludo se le erizaba y sus pelos ensortijados quedaron tiesos por debajo de su gorro forrado de piel. Se preguntó si estaba soñando.
Pero el Cadillac aumentó su velocidad. Eso no era un sueño. Eso era lo que había que hacer. Lo que él mismo hubiese hecho en el caso de embestir a una vieja en una calle oscura y desierta.
En realidad el hombre no había visto al Cadillac en el momento en que embestía a la vieja. Pero allí estaba ella y allá se alejaba el coche. De modo que tenía que haberla embestido. Eso era lo lógico.
Además, no estaba parpadeando. Ahora la pregunta que se hacía era si debía robar esa otra rueda o bien debía huir con la que ya había quitado. Tenía orden de llevar dos. Necesitaba el dinero.
Si la vieja no estaba muerta, tampoco representaba un peligro. Y quitar esta otra rueda no le llevaría más que diecinueve segundos...
Comenzaba a inclinarse para retomar su faena cuando vio algo que le congeló la sangre. La vieja se había movido. En un primer momento lo advirtió con el rabillo del ojo; luego levantó bruscamente la cabeza.
La mujer se estaba incorporando. Tenía las dos manos sobre la calzada y había alzado una rodilla; trataba de ponerse de pie. La oyó reír para sí misma. Sintió que se le ponía la carne de gallina en la espalda y que el cuero cabelludo se le erizaba como un campo de batalla lleno de piojos. Si las cosas seguían de ese modo, su negro pelo ensortijado se volvería tan blanco como el algodón y tan liso como las barbas de Jesucristo.
Observaba a la vieja, mientras su cerebro intentaba absorber lo que estaba viendo, cuando un segundo coche giró en la esquina. No lo vio hasta que pasó a su lado.
Era un coche grande, negro, con los focos apagados, marchaba a tal velocidad que serviría para afeitar a cualquiera a su paso y le dejó en el oído el estrépito de algo que estalla.
La vieja se había incorporado sobre sus pies, inclinada hacia delante, con las manos sobre el pavimento, y estaba a punto de enderezarse cuando el gran coche negro la golpeó en la cadera.
El nombre nunca supo cómo había visto la escena; la calle estaba sumida en negra oscuridad, la vieja llevaba ropas negras, el coche era negro. Pero vio. Tal vez con sus ojos o, tal vez, con la mente.
Vio a la vieja volar en el aire, con los brazos y las piernas extendidas, las ropas negras esparcidas en el viento como un vampiro que tuviese un motor nuclear y se hubiese hartado de sangre de vírgenes. Volaba en línea oblicua hacia la izquierda. El coche negro seguía su trayectoria hacia adelante, en línea recta. El pelo níveo de la mujer flotaba y se elevaba hacia la derecha como un pájaro que se dirigiese hacia su nido.
Además, en el asiento delantero del coche negro se dibujaban las siluetas oscuras de tres policías uniformados.
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La gratitud en silencio no sirve a nadie. A ver si participamos más.
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